Hace 15 años me gradué de una carrera profesional que como cualquier otra,  me permitiría  tener un alto grado de capacidad intelectual, me generaría ingresos y hasta obtendría cierto grado de reconocimiento por mi labor, pero como los planes de Dios son más altos que los nuestros, el estudiar fisioterapia iba más allá. Era aplicar todo lo aprendido y practicado en el caso más importante de mi vida… EL MIO.

Todo empezó en la madrugada  del lunes 23 de Junio de 2008, cuando a las 3 am de un grito desgarrador me desperté por un súbito, fuerte y severo dolor de cabeza que en segundos me dejó sin conciencia. Después de muchos exámenes los médicos solo podían explicar que acababa de sufrir un Accidente Cerebrovascular  Hemorrágico (derrame) debido a que nací con  una malformación arteriovenosa en el cerebro que jamás había generado síntomas y que me encontraba muy grave, que pocas eran las probabilidades de sobrevivir.

Muy diligentemente fui ingresada al quirófano y operada por increíbles y sabios cirujanos que pusieron toda su experticia en salvar mi vida, al salir de aquella hazaña me indujeron un coma con el objetivo de salvaguardar el tejido sano de mi cerebro y así evitar más daño en el mismo. Siete días después, me despertaron y empecé mi lucha por encontrarme ahora en un cuerpo que no me respondía: una parálisis total del lado derecho, sin voz, una memoria muy alterada y confundida, con alteración de la sensibilidad y de los sentidos, y con mi vida desmoronada en un instante. En cuestión de minutos y en medio de la confusión pasan por la cabeza mil pensamientos, pero uno era  constante y es que “si Dios permitió que esto me pasara era con un propósito y que Él no me abandonaría”, y eso era suficiente para saber qué era lo que tenía que hacer: levantarme de esa cama y aplicar todo lo que había aprendido en mi carrera y que así como le había dicho mil veces a mis pacientes, esto es solo constancia y disciplina.

Mi familia ofrecía llevarme a algún lugar del mundo donde la rehabilitación pudiera ser más exitosa, a lo cual yo me negué argumentando que la única diferencia de la rehabilitación de esos sitios y nuestro país es el tiempo dedicado a la rehabilitación y que en mi caso no sería tan efectivo porque emocionalmente estaría afectada por encontrarme alejada de todos los que amo. Así que montamos el plan de rehabilitación más intensivo que pudiera efectuar. El día comenzaba a las 6:00 am, y mientras me bañaban en la silla, realizábamos terapia de sensibilidad, propiocepción, equilibrio y coordinación. Luego pasábamos al comedor a desayunar e iba entrenando mi lado izquierdo para ejecutar cosas que jamás había hecho, ya que yo era diestra, así que cosas que antes eran tan fáciles como comer ahora eran todo un reto. Alrededor de las 8:00 am empezábamos ejercicios físicos para empezar a mover nuevamente el tronco, brazo y pierna. 

Luego mi mamá me llevaba a la piscina y durante 3 horas, hacíamos ejercicio para generar nuevos engramas que me permitieran mover nuevamente mi hemicuerpo derecho. Al medio día y después de la terapia de almorzar, empezábamos la rutina de la tarde, que se nos iba en ejercicios de memoria, terapia cognitiva, cálculo, raciocinio entre otras destrezas mentales. En la noche realizábamos rompecabezas, sopas de letras, sudokus, o cualquier otra actividad que nos generara compartir un tiempo en familia sin descuidar mi rehabilitación.

Así pasaron los días y cada día iba adquiriendo más movimiento y nuevas destrezas, que me iban generando un grado mayor de independencia. Dejé la silla de ruedas y mi lenguaje cada vez era más fluido y claro. Dos años después de realizar esta rutina todos los días, sin domingos ni festivos, ya que el cuerpo no entiende de estas fechas especiales, dije: “si yo fuera un paciente mío le diría que volviera a trabajar”, así que comencé nuevamente a ejecutar una vida laboral activa. Y como Dios hace mas de lo que uno se imagina, hace 2 años, tuvimos una preciosa hija – MIA – grande, fuerte, saludable y bendecida.

Con apoyo de muchos colegas y médicos  que conocían mi trabajo, en el 2010 abrí nuevamente mi consultorio de Fisioterapia para brindarle a mis pacientes no solo un excelente servicio de rehabilitación, sino una experiencia – testimonio que la FISIOTERAPIA, SI FUNCIONA. Todo depende del grado de  recuperación que anhelamos tener y nuestra constancia para lograrlo, no podemos delegar nuestra función de pacientes al terapeuta. Dios hace lo imposible, pero nosotros tenemos que hacer lo posible. Soy un claro testimonio de ello.